Evaluación

viernes, 5 de noviembre de 2010

Resumen

EL AHIJADO


Un señor, muy pobre, mujik, tuvo un hijo, y busco por toda su aldea a alguien que apadrinase su hijo, pero nadie lo quiso hacer por su bajo estrato social, entonces decidió ir a otra aldea; se encontró con un transeúnte que se detuvo y le preguntó:
-¿ Adónde vas ?
-El señor le contesto: el señor me ha enviado un hijo para que cuide de mi para cuando yo este de mas edad, pero nadie quiere apadrinarlo porque soy pobre.
El transeunte le dijo que el sería el padrino de su hijo y el señor le respondió que no tenía madrina; entonces el transeúnte le dijo que fuera a la ciudad y que la hija del comerciante sería su madrina él accedió y fue a la ciudad a hablar con el comerciante; le contó su historia y el comerciante acepto que su hija fuera la madrina de su hijo.
Al día siguiente todos asistieron a la bautizo y el hijo del mujik fue bautizado, el padrino se fue y desde entonces no lo volvieron a ver mas.
El niño fue creciendo y era muy inteligente, cuando cumpliódiez años sus padres lo mandaron a la escuela y aprendió en un año lo que otros aprenden en cinco años. Cuando llegó semana santa el ahijado fue a felicitar las pascuas de resurrección  a su madrina, y al regresar le pregunto a sus padres que donde vivía su padrino, pero sus padres respondierón que no sabian nada de él, ya que no lo habian vuelto a ver, entonces el niño suplico a sus padres que lo dejaran buscarlo y ellos accedieron.
El niño salió de su casa camino adelante; anduvo medio día y se encontró con un transeúnte, que le preguntó: -¿ Adónde vas, muchacho ?
-He felicitado las pascuas a mi madrina, tambié´n quería hacerlo con mi padrino, pero nadie sabe de él y voy a buscarlo.
Entonces él transeúnte le dijo que el era su padrino, el niño se puso muy feliz y le pregunto a su padrino que a donde iría ahora, él le dijo que fuera a su casa y él niño respondio:¿ donde he de encontrarte ?
Camina y Llegarás a un bosque y, en medio de él, verás una pradera. Siéntate , descansa en ella y observa lo que veas Al salir del bosque encontrarás un jardín que rodea una casita con tejado de oro. Acércate y yo saldré a tu encuentro 
Diciendo esto, el padrino se alejó. 

El niño hizo lo que le dijo su padrino.
Al llegar a la casita, el transeúnte salió a su encuentro
El padrino lo condujo a la casa, aún más regia que el jardín, y le enseñó sus magníficas y alegres habitaciones. Luego, llevándolo junto a una puerta sellada, le dijo:
-¿Ves esta puerta? No tiene candado, tan sólo está sellada. Podrías abrirla, pero no quiero que lo hagas. Instálate aquí, pasea y haz lo que quieras. Disfruta de todo esto, pero sólo te encargo una cosa: no traspases esta puerta. Y si lo hicieras, recuerda lo que viste en el bosque.
Diciendo esto, el padrino se marchó. El ahijado se sentía alegre y satisfecho. Habían transcurrido ya treinta años desde que estaba allí, pero él se imaginaba que sólo habían sido tres horas. Y entonces se acercó a la puerta sellada y pensó: «¿Por qué me habrá prohibido mi padrino entrar en esta habitación? Voy a ver lo que hay dentro de ella».
Empujó la puerta y entró. Pudo comprobar que aquella era la habitación mejor y más espaciosa de toda la casa. En el centro había un trono de oro. El ahijado recorrió la sala, se acercó al trono, subió las gradas y tomó asiento. Entonces vio que junto al trono había un cetro. Lo tomó en las manos y en el mismo instante se derrumbaron las cuatro paredes, dejando al descubierto al mundo entero. Ante él, divisó el mar y los buques navegando. A la derecha, vio unos pueblos desconocidos habitados por gente no cristiana. A la izquierda vivían cristianos, pero no eran rusos. Y, finalmente, detrás de él se veía el pueblo ruso.
-Voy a ver lo que ocurre en mi casa. ¿Habrá sido buena la cosecha? -se dijo mirando en dirección a las tierras de su padre. Empezó a contar las gavillas para saber si habían recogido mucho trigo, cuando vio avanzar un carro guiado por un mujik. Era el ladrón Vasili Kudriashov, que se dirigía al campo a robar las gavillas.
Irritado, el ahijado gritó:
-Padrecito, están robando el trigo.
El padre se despertó. «He soñado que están robando en nuestro campo, voy a verlo», pensó, y, montando un caballo, se dirigió a sus tierras.
Al llegar, descubrió a Vasili y llamó a los campesinos en su ayuda. Azotaron a Vasili y, maniatado, lo condujeron a la cárcel.
El ahijado miró a la ciudad donde residía su madrina. Ésta se había casado con un comerciante. Se hallaba durmiendo y, mientras, su marido se dirigía a casa de su amante. El ahijado le gritó a su madrina:
-¡Levántate, que tu marido está haciendo cosas malas!
La mujer se levantó, fue en busca de su esposo, lo avergonzó y lo echó de su lado.
Después, el ahijado miró a su casa. Su madre dormía sin darse cuenta de que se había introducido en la isba un ladrón, que estaba forzando un baúl. Entonces la madre se despertó y dio un grito. El malhechor se abalanzó sobre ella blandiendo un hacha.
Sin poderse contener, el ahijado lanzó el cetro y le dio en la sien al ladrón, matándolo en el acto.
En aquel instante se volvieron a cerrar las paredes, quedando la sala como antes. Entonces se abrió la puerta y apareció el padrino. Se acercó a su ahijado, lo tomó de la mano y, bajándolo del trono le dijo:
-No has cumplido mi orden. Lo primero que has hecho mal fue abrir esta . puerta; lo segundo subir al trono y lo tercero añadir mucho mal al mundo.
Y el padrino le mandó al ahijado que mirase hacia abajo. Allí vio al bandido que mató tú madre, está  en el purgatorio.
Después, el padrino dijo:
-Este malhechor ha asesinado a nueve personas. Debía de haber redimido sus pecados, pero al matarlo, los has tomado sobre ti. Ahora eres tú quien debe dar cuenta de sus pecados.
El ahijado preguntó:
-¿Cómo puedo yo redimir sus pecados?
-Cuando hayas aniquilado tanto mal en el mundo como el que has hecho, entonces habrás redimido tus pecados y los de ese hombre.
-¿Y cómo aniquilar el mal? -volvió a inquirir el ahijado.
-Camina en línea recta, en dirección al levante hasta que llegues a un campo. Observa lo que hacen los hombres y enséñales lo que sepas. Luego sigue tu camino, observando lo que veas. Al cuarto día de marcha, llegarás a un bosque donde hay una ermita. En ella vive un ermitaño, cuéntale todo lo que hayas visto y él te enseñará lo que debes hacer. Cuando cumplas todo lo que te mande el ermitaño, habrás redimido tus pecados y los del bandido.
Diciendo esto, el padrino acompañó a su ahijado hasta la verja del jardín y le despidió.
Después de observar todo lo que había visto en su largo caminar caminar, llegó a otro bosque donde había una ermita. Se acercó y llamó a la puerta. Alguien preguntó desde dentro:
-¿Quién es?
-Un gran pecador que va a redimir los pecados de sus semejantes.
Salió el ermitaño y le hizo varias preguntas.
El ahijado le relató todo lo que le había ocurrido desde que se encontró con su padrino.
-He comprendido que no se puede aniquilar el mal por medio del mal, pero no llego a entender cómo debe destruirse.
Entonces le dijo el ermitaño.
-Dime lo que has visto en el camino.
El ahijado le relató todo lo que había visto hasta llegar allí.
El ermitaño le escuchó atentamente. Después entró en la ermita y salió trayendo un hacha.
-Vámonos -dijo.
Llegaron hasta un árbol y el ermitaño, mostrándoselo al ahijado, le ordenó:
-Tala este árbol.
Dando varios hachazos, el ahijado derribó el árbol.
-Pártelo en tres -dijo el ermitaño.
El ahijado cumplió la orden. Entonces, el ermitaño entró en la ermita y salió de nuevo trayendo fuego.
-Quema estos tres troncos.
El ahijado los prendió y los troncos ardieron hasta convertirse en tizones.
-Ahora planta estos tizones.
El ahijado hizo lo que le mandaban.
-¿Ves el río que corre al pie de esta montaña? Tienes que regar estos tizones, trayendo en la boca el agua. Riega el primero, el segundo y el tercero, lo mismo que le enseñaste a la mujer, a los artesanos y a los pastores lo que debían hacer. Cuando estos tizones crezcan y se conviertan en manzanos, sabrás cómo aniquilar el mal y redimirás los pecados.
X
El ahijado se fue hacia el río. Se llenó la boca de agua, regó un tizón, volvió al río y luego regó los otros dos. Sintiéndose cansado y hambriento, se dirigió a la ermita para pedir algún alimento al ermitaño, pero al entrar en ella, lo halló muerto. El ahijado encontró unos mendrugos de pan y se los comió; luego buscó una azada y fue a cavar una fosa para enterrar al viejo. De noche regaba los tizones y, durante el día cavaba la fosa. Cuando estuvo preparada la fosa y el ahijado se disponía a enterrar al ermitaño, llegaron las gentes de la ciudad, trayendo alimentos para el viejo.
Entonces se enteraron de que éste había muerto, dejando en su puesto al ahijado. Dieron sepultura al ermitaño, le dejaron pan al ahijado y, prometiendo traerle más, se fueron.
El ahijado se quedó a vivir en el puesto del viejo. Cumplía lo que aquél le había mandado. Regaba los tres tizones trayendo el agua en la boca y se alimentaba con las limosnas de la gente.
Así transcurrió un año, pensaba que cuando le habían mandado vivir así, era ésta la manera de redimir los pecados y de destruir el mal.
Así transcurrió otro año; el ahijado no dejó de regar ni un solo día, pero los tizones no crecían.
Una vez oyó que cabalgaba un hombre entonando una canción. Salió a ver quién era. Montando un hermoso caballo con buena silla, se acercaba un hombre joven, fuerte y bien vestido.
El ahijado le detuvo y le preguntó quién era y adónde se dirigía.
-Soy un malhechor, asalto a la gente por los caminos; cuantas más personas mato, tanto más alegres son mis canciones.
El ahijado se horrorizó y pensó: «¿Cómo aniquilar el mal en semejante hombre?
Después de pasar mucho tiemo solo el ahijado meditó y decidió algo:
. Me iré a otro lugar del bosque para que la gente no me encuentre. Iniciaré una vida nueva para redimir los antiguos pecados y no cometer otros nuevos». Entonces tomó un zurrón con mendrugos de pan y una azada para construirse una choza en un lugar solitario. Cuando iba camino adelante, vio al bandido que venía a su encuentro. Atemorizado, quiso huir, pero el bandido lo alcanzó y le preguntó:
-¿Adónde vas?
El ahijado le contó que deseaba ocultarse de la gente, estableciéndose en un lugar solitario.
El malhechor se sorprendió:
-¿Con qué te vas a sustentar si deja de visitarte la gente?
El ahijado ni siquiera había pensado en esto.
-Me alimentaré con lo que Dios me mande -le respondió.
El bandido prosiguió su camino.
«No le he dicho nada acerca de su vida. Tal vez se arrepienta ahora. Hoy parece estar de mejor talante. No me ha amenazado con matarme» -pensó y le gritó:
-Debías arrepentirte. No podrás huir de Dios.
El malhechor volvió grupas, sacó un puñal y lo blandió. El ahijado huyó bosque adentro. El bandido no le persiguió, sólo le dijo:
-Viejo, te he perdonado dos veces. No te presentes ante mí por tercera vez, pues te mataré.
Al decir esto, desapareció.
Por la noche, el ahijado fue a regar los tizones y vio que uno de ellos había retoñado.

El ahijado vivió solitario, sin ver a nadie. Se le acabaron los mendrugos. «Ahora comeré raíces», pensó.
En cuanto se puso a buscar raíces, vio una bolsita con mendrugos de pan colgada de una rama. Cogió la bolsa y se alimentó con aquellos mendrugos. Cuando se le terminaron, halló otra bolsa con pan en la misma rama. Allí vivía el ahijado. Sólo tenía un motivo de sufrimiento: su temor al bandido. En cuanto lo oía cabalgar, se escondía, pensando: «Me matará sin darme tiempo de redimir los pecados».

Un día, después de regar el manzano y los tizones, el ahijado se sentó a descansar. «He pecado temiendo morir. Si Dios lo dispone así, redimiré los pecados por medio de la muerte», pensó, y al punto oyó que venía el malhechor lanzando invectivas. «Lo bueno y lo malo sólo me puede venir de Dios», se dijo el ahijado, y fue al encuentro del bandido. Éste no venía solo: en su caballo traía a un hombre amordazado y maniatado. El ahijado detuvo al malhechor:
-¿Adónde llevas a este hombre?
-Al bosque. Es el hijo de un comerciante. No quiere revelarme dónde guarda su padre el dinero. Lo azotaré hasta que me lo diga.
Diciendo esto, el bandido se disponía a seguir adelante. Pero el ahijado se lo impidió, asiendo las bridas del caballo.
-¡Suelta a este hombre!
El malhechor se irritó e hizo ademán de pegar al ahijado.
-¿Quieres correr la misma suerte que él? Ya te he dicho que te voy a matar. ¡Suelta el caballo!
Pero el ahijado permaneció impávido.
-No me impones, sólo temo a Dios. Deja en paz a este hombre.
El bandido se entristeció. Sacó un puñal y, cortando las cuerdas, dejó en libertad al hijo del comerciante.
-Márchense los dos y no se vuelvan a poner ante mi vista -dijo.
 A la mañana siguiente, el ahijado vio que había retoñado el segundo tizón.

Transcurrieron otros diez años.Durante ese tiempo pensó cosas de su vida  
Y entonces oyó que venía el bandido. Lo dejó pasar de largo. «No merece la pena de hablar con él, ni siquiera me entenderá». Pero después cambió de parecer. Alcanzó al bandido, que cabalgaba triste, mirando hacia el suelo. Lo contempló y se apiadó de él.
-Hermano querido, ¡compadécete de tu alma! No olvides que llevas en ti el soplo divino. Sufres, atormentas a tus semejantes y has de padecer aún más. ¡Dios te quiere tanto! No te pierdas, hermano. ¡Cambia tu vida! -exclamó el ahijado asiendo por una rodilla al malhechor.
Éste frunció el ceño y, volviéndose, dijo:
-¡Déjame!
El ahijado sujetó con más fuerza al bandido y se deshizo en lágrimas.
-Viejo, me has vencido. He luchado contra ti durante veinte años, pero has podido conmigo. Haz de mí lo que desees. Ya no tengo poder sobre ti. La primera vez que has tratado de convencerme tan sólo lograste irritarme. He meditado sobre tus palabras cuando supe que te habías apartado de la gente y que nada necesitabas de los hombres. Desde entonces, yo te ponía los mendrugos en la rama del árbol.
 Cuando él dejó de preocuparse de sí mismo, purificó su corazón y comenzó a purificar los de sus semejantes.
-Mi corazón se conmovió al ver que no temías a la muerte .
-Mi corazón se dulcificó solamente cuando te compadeciste de mí y te echaste a llorar.
Invadido por la alegría, el ahijado llevó al bandido al lugar donde estaban plantados los tizones. También el tercero se había convertido en un manzano. Cuando se inflamó su corazón, se dulcificó el del malhechor.
Fue inmensa la alegría del ahijado cuando comprendió que había redimido los pecados que pesaban sobre él.
Después de relatar su vida al bandido, el ahijado murió. El malhechor le dio sepultura y, redimido, comenzó a vivir según le había dicho el ahijado, enseñando a las gentes.
FIN

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